
El extraño caso del niño viejo
Un anciano salió del hospital con un trasplante que desafiaba toda lógica: le habían injertado el brazo de un bebé. La diferencia era brutal, imposible de ocultar. Su cuerpo hablaba de arrugas y cansancio; aquel nuevo brazo, en cambio, brillaba como un recordatorio cruel de lo que ya no volvería a ser. La gente lo miraba con desconcierto: algunos con ternura, otros con repulsión. El viejo no decía nada, pero en silencio sentía que el tiempo se había burlado de él, condenándolo a cargar con una infancia que ya no le pertenecía.
Señores de una noche en Palermo: "Es una Jessica Rabbit —tipo del Abasto."
(Día después)
Gira, gira, gira.
“El día apareció desde la ventana de un cafesucho.
Nuestros pulmones repetían los puchos de ayer.”
Olía a pan tostado y a chivo concentrado.
El paisaje: un Palermo que despertaba lento, con sus más de setecientos bares cerrando de a uno mientras los mozos cambiaban el turno.
La ciudad que nunca duerme sostiene a 150.000 personas que trabajan de noche, y todas parecían pasar frente al nuestro, echándonos en cara nuestro desempleo dominguero: taxistas, colectiveros, panaderos, los del “Open 25” y porteros que desayunan chusmerío.
Básicamente, gente que labura y reventados —tipo nosotros— que vuelven de la gira.
Entre Honduras, Fitz Roy, Gorriti y Niceto Vega se formatea el circuito de cata de tragos medio pelo pero en promoción: dos vasos de fernet a 12 lucas, 2x1 en gin tonics, vasos con más hielo que alcohol y luces de Once que hacen parecer sofisticado cualquier vaso descartable.
A la vuelta, los bares pipicucú, donde se snobea escuchando jazz o algún R&B de fondo; donde el hielo se derrite más lento, las sillas son talle XS y el mozo te trata como si fueras su suegro.
Ella, estroboscópica.
No nos olvidemos de los icónicos antros palermitanos: pasarela de plataformas vencidas, puchos industriales, señoras, señoritas y señoronas.
Bajos saturados que hacen retumbar las baldosas, las paredes del vecino y cualquier subsuelo.También esas luces que parpadean como si tuvieran taquicardia.
¡Ah! Y el Toyota Corolla de nuestro ex jefe haciendo fila sobre Fitz Roy.
A estas esquinas sospechosamente divertidas las llamamos el gran desfile de dioses y panteras.
Y a la noche porteña: falopera, sigilosa y seductora.
El makenazo que metimos anoche todavía swingea en nuestros tímpanos.
Ay, ay, ay... qué belleza que nos miren estas porteñas apitucadas, que aquellos mesías del after nos ofrezcan entradas para Kika, y los muchachos de camisa abierta —esos que dejan una brisa de Dior Sauvage mezclado con tabaco y aros de cebolla— nos tiren berretines.
7 a.m.
Palermo bosteza.
Las ratas corren entre lo poco (y mucho) que quedó: latas vacías, papelillos empapados y dignidades, los restos de la noche.
No hay que irse tan lejos para ver a la ciudad desnuda... o para que la ciudad nos desnude.
Buenos Aires tiene 3,1 millones de habitantes, y por cada uno hay una historia de borrachera fiera. Seguro al menos un 30% fue en alguna de estas 723 manzanas palermitanas.
De alguna manera, esa es la magia —o la condena— de esta ciudad: nadie se salva del disturbio fiestero.
Siguen siendo las 7 a.m.
La cabeza resacosa sigue girando.
Una señora nos mira sin captar nuestro mambo.
La noche de anoche no terminó.
Estamos a cuatro cuadras del after.
Buen provecho y buenos días.
La Candelaria
La Candelaria es muchas cosas:
es argentina, es amiga, es compinche.
Le gusta la pilcha, de feria.
Es música. Y la música: Neruda, Almodóvar.
¿Romanticismo? Un poroto.
En el escenario canta; es miope, también.
Hipocondríaca, y todo en criollo (Mercedes Sosa).
Tiene un tatuaje que le gusta mostrar.
Medio groovy.
Para nosotras, porteñas, es Villa María, Córdoba.
La Cande es la comida agarrada; no se explica: es ASMR.
No maneja, pero la guitarrea.
Es peña. Es familia.
Es un amontonamiento de prosas, ritmos y disonancias.
Discos de la naturaleza.
"Volá, qliá."
Lo dice muy seguido.






Cuando el museo se apaga: entre lo bello y lo siniestro de una pijamada inesperada.
Un viernes nocturno de octubre, de diluvios románticos y charcos que empapaban cualquier pantalón, Tuti decidió refugiarse en el Museo de Bellas Artes.
Aquel museo, con aura de casa de terrateniente porteño, le pareció la opción más conveniente —y entretenida— dadas las circunstancias. Faltaban apenas unos minutos para el cierre, pero su terquedad insistió. Sin paraguas ni justificaciones, entró. Mostró su certificado de alumna regular y comenzó su reencuentro —ya lo había visitado en reiteradas ocasiones—, gratuito.
Para ella, restauradora de bienes culturales, el museo era un popurrí vagamente curado: repleto de esculturas innecesariamente contorsionadas, pinturas craqueladas por el descuido del tiempo y joyas que, probablemente, cotizan en hectáreas.
Piso 1. Piso 2. Piso 3.
De día sobran los gustos y disgustos, las opiniones ignorantes y las críticas snob. Pero ella estaba sola consigo misma. Ni un suspiro ni un murmullo la acompañaban. Únicamente el guardia, repitiendo su recorrido rutinario, y la guía, una auténtica "bostezadora profesional".
La noche avanzaba y el museo se teñía de un filtro sepia y granulado. Los cuadros de Berni se desvanecían entre los de Picasso, engendrando obras deformemente sublimes. Cada una parecía ocupar más espacio que antes; sus sombras, todavía más. Todo adquiría el aspecto de una escena perdida de un film expresionista.
20:01 hs
Todavía cegada por la belleza imperfecta y fantasmagórica de las obras nocturnas, Tuti se topó con un cartel: "Abierto de 13 a 20 hs". Eran las 20:01. Habían cerrado hacía un minuto.
Caminó rápida y sigilosamente hacia la entrada. Confirmó el encierro.
La lluvia era cada vez más tormentosa y el silencio, cada vez más estridente.
El museo, acumulador de horas de recorridos ajenos, encuentros y desencuentros, se transformó en un laberinto pesadillesco.
La señal del celular escaseaba. Eran las 20:10. Cada minuto se volvía eterno y solitario. Después de varios intentos, logró comunicarse con el 107.
—Soy Agustina Aquerreta. Estoy encerrada en el Museo de Bellas Artes y tengo claustrofobia.
20:35 hs. Con frialdad y cierta sospecha, le toman los datos.
22:55 hs. La humedad del afuera vuelve a inflarle el pelo. Sensaciones de libertad y confusión. De belleza y horror.
"Tuti habría experimentado una experiencia estética por excelencia", diría un estético contemporáneo.
Después de aquel viernes —para Tuti, un viernes 13— insiste y declara que "el arte se enciende de noche, vive y revive".
Para Tuti, de noche, aquel museo se convierte —por fin— en el Museo de Bellas Artes.





BRUTO, brutal.
¡Qué yegua!
Bruto es como un puticlú en medio de rutas pampeanas,
un santuario de popper, pecados y rezos mal aprendidos.
Es el descorcho y el chin chin de un vino mendocino,
“Cariñito Criollo”, rosado, pomposo y extra-BRUT (sí: bruto).
Lo marika y lo gauche; lo draga-folk y lo cabaret-criollo:
todxs engomadxs, devotxs, deglutidxs entre sí,
en un antro ranchero que exuda
olor a montura después de horas de galope.
Un galpón repleto de estampitas del Gauchito Gil…
en tanguita de campo.
Sí, tanguita; no bombacha.
Una mínima, brillosa, descarada que dice (por detrás):
“ahre yegua ahre”.
Todo eso es el inquieto e indomable BRUTO:
un espacio de resistencia donde la belleza es mostra
y el mate se sirve en un dildo.
Acá se ampara el derecho a ser lo que no se debe ser:
un folklore de travestismos pampeanos,
un playboy sudaca del monte,
un puto BRUTO.
Sin rodeos, sin sarasa.
Acá, montar o montarse es lo mismo.
Que el cuero curtido del recado
y lo apretujado del corset,
recuerden siempre quiénes somos
y por qué seguimos insistiendo.
Esta milonga es brutal y disidente,
tipo chacarera con tacos y borcegos endemoniados.
BRUTO es un neo-gauche:
un héroe errante (o desviade, ja)
que se permite ser fiera y opulenta.
ES LA PAYADA FINAL.
¡A galopar, BRUTX!

cosas q escribo……….
